Selección natural

22 febrero 2010

Cuando regresaba hacia el coche, una mujer con la cabeza cubierta por una tela oscura que también tapaba su rostro, se acercó a mí. Avanzaba como un fantasma, mirando por una minúscula rendija que le permitía ver lo suficiente como para caminar despacio con la ayuda de uno de los guías. Abrió levemente la tela para enseñarme un ojo hinchado y cubierto por legañas de pus, mientras levantaba una mano para evitar que la luz del sol la deslumbrase. La falta de atención médica había provocado que una infección de fácil cura se hubiese desbocado hasta provocar que la mujer tuviera que ir cubierta para evitar la luz y las miradas ajenas. Busqué en mi botiquín un par de medicinas que podían paliar, más que curar, su dolencia, le expliqué a uno de los guías cómo debía usarlas y me subí al coche, donde me esperaban Orisson, el conductor y una mujer que nos había pedido llevarla a ella y a su bebé, que sufría malaria, al ambulatorio de Turmi. Cerré la puerta, subí la ventanilla y contemplé a la mujer mientras volvía a cubrir su rostro. Su enfermedad era una doble maldición en un lugar donde el turismo fotográfico –una variación del safari en el que el cazador blanco busca piezas humanas y las dispara con un arma incruenta- es la principal fuente de ingresos: las cámaras efectúan una selección natural en la que los guapos, los sanos, los más espabilados, son los salvados. Los feos, los enfermos o los que siguen trabajando la tierra y el ganado sin hacer concesiones al turista, nunca salen en las fotos. El cazador no les quiere o no les encuentra en la escena del crimen. Y, aunque en el reino de los cielos quizás estén llamados a ser los primeros, en esta tierra dura que habitan son los últimos a la hora de revisar cuanto dinero llevan en los bolsillos.

No estaba preparado para lo que iba a encontrar en Arbore. Al detener el coche, el guía me señaló unos jóvenes vestidos con vaqueros, camisetas y gorra. Ellos eran los guías del poblado. Comencé a caminar con ellos y, de repente, nos vimos rodeados por decenas de personas que pedían una foto. One photo, two birr! Photo! Me! Después de varias semanas en Etiopía, no se trataba de un grito de guerra que pudiera intimidarme, pero su ruidosa insistencia llegó a superarme por unos segundos, momentos en los que no dudaron en tocarme o agarrarme para reclamar mi atención, mientras los presuntos guías usaban tímidamente unas ramitas para escarbarse el pelo o para tratar de poner, con poco éxito, orden en el desorden.

Mientras me abría paso hacia el poblado, divisé a un niño encima de un arbusto mirando petrificado al horizonte, un horizonte en el que yo no distinguía nada de interés. Más adelante, siete señoras con sus mejores galas formaban delante de una de las casas como un extraviado regimiento de amazonas. En otro lugar, una familia en posición de firmes me miraba fijamente, desplazándose lateralmente según yo iba avanzando. Un hombre con unas gafas ridículas y un sombrero inverosímil sonreía apoyado en un árbol. Dos muchachas se cogían por la cintura y con los brazos opuestos sostenían una tela negra por detrás de sus cabezas. Ante mis embotados ojos se sucedía una sucesión de estampas que parecían extraídas de Alicia en el país de las maravillas. Entonces, lo comprendí. Todos ellos estaban posando: la visita del hombre blanco convertía su vida diaria en un escenario en el que se esforzaban por dar al turista –homo photographicus– lo que ellos creían que estaba buscando. Cualquier acercamiento a su vida real no dejaba de ser una ilusión. O, lo que es peor, aquellas imágenes confirmaban que su vida real se estaba convirtiendo en una actuación en un parque temático de culturas indígenas. En el transcurso de los días siguientes pude ver nativos luciendo estúpidos adornos sólo porque con ellos tenían más éxito a la hora de ser fotografiados por turistas que no eran capaces de distinguir los ingredientes de su cultura tradicional de los elementos de una mera bufonada. Pero eso sería más tarde. Aquel día, en aquel momento, comencé a vislumbrar lo que me esperaba y me quedé tan estupefacto que dejé de escuchar los gritos y de sentir los agarrones, resistiendo las tentaciones de frotarme los ojos para saber si aquello no era más que sueño. Pero no lo era. Aquel pueblo no estaba habitado por personas, sino por fotografías.

Todo occidental que pasee por la isla de Java será saludado por una oleada de “Hello Mister” a lo largo del día. Etiopía está a miles de kilómetros de Indonesia, pero en algunos lugares el saludo es el mismo. Lamentablemente, en la mayoría de los que he visitado no es un saludo lo que he recibido, sino una petición: “Hello Money” o “Hello Pen”. O quizás sí sea un saludo, pues lo que pasa ante los ojos de estos niños no es una persona sino un montón de dinero andante que en cualquier momento podría desbordarse sobre sus cabezas en la forma de un birr o dos que llevar a casa o que guardar en algún bote de latón oxidado.

¿En qué momento el saludo se convirtió en una demanda?  Naguse es uno de los cinco mil etíopes que pasaron diez años de su vida en Cuba para mayor gloria de la revolución y ahora tiene una agencia de viajes con muchos contactos en el mercado español. Le pregunto y su respuesta es clara: el turista es el culpable. Un turista irresponsable que pretende lavar su mala conciencia regalando bolígrafos, repartiendo camisetas o deslizando un par de birrs entre las manos de algún niño. Una conciencia más difícil de lavar que las manos de estos niños, pues cómo me explico qué hago aquí con esta cámara que podría alimentar a una familia durante un año, cómo pretendo que esta gente me invite a una ceremonia del café cuando sus hijos tienen que ser limpiabotas porque no hay suficiente dinero para todo. ¿Cómo le explico a este niño con las cuencas vacías de sus ojos que no le voy a dar dinero porque si lo hiciera tendría a decenas de niños pidiéndome dinero? ¿Le sirve de algo que le diga que nunca doy dinero a los niños, que prefiero colaborar con un proyecto que con una persona? ¿Me sirve a mí? Mejor no explicar nada y seguir haciendo fotos. Porque no disimulemos: esta vida es cruel, esta tierra es cruel y este viaje es cruel porque dentro de unos días yo estaré calentito en mi cama y este niño durmiendo en el suelo como siempre ha dormido.

Ni siquiera estas palabras sirven de algo: en la estación de autobuses un hombre al que le faltan una pierna y un pie y con muñones en los dedos me pide limosna. En un acto de generosidad extrema le doy un birr -6 céntimos de euro- y el hombre se retira mientras mi conciencia se dirige hacia el infierno. Dos jóvenes sentados a la sombra de un autobús me han observado. Uno le da un codazo al otro y este se levanta con agilidad y se dirige a mí cojeando repentinamente con la mano extendida hacia mí. Le miro con firmeza y le rechazo con la mirada. Si he de pudrirme en el infierno, no estaré solo.

El turista tú me pides-yo te doy lo tiene más fácil: cosechará un montón de sonrisas y volverá a casa con una coartada para su viaje. Habrá educado en la mendicidad y reforzado un modelo de dependencia y, por tanto, una nueva forma de colonialismo. Pero él ni imagina ni verá las consecuencias de sus actos y sus amigos elogiarán sus fotos con las sonrisas desinteresadas de los niños. Podría haber dado su donativo a un proyecto social o a una escuela, pero eso hubiera sido menos vistoso. ¿Quieres una camiseta, un bolígrafo, un balón de fútbol? Pues aquí lo tienes y ahora no te vayas, posa para esta foto.

En Lalibela, el deporte nacional de los jóvenes es la búsqueda de un sponsor: un extranjero que pague sus estudios o les pague sencillamente. Toda ceremonia del café que se precie acabará con una petición de sponsor.  Habtemu ha acaparado la conversación con su buen nivel de inglés y se nota que tiene experiencia en este tema. Casualidad o no, todos los estudiantes de Lalibela con los que he hablado hacen el examen nacional este año y todos necesitan el dinero a partir de ese momento. El Hello Money de los niños se ha transformado en el Hello do you want to be my sponsor de los adolescentes. Misgam es más tímido y se mantiene en segundo plano. Él es el que me ha invitado y me ha prevenido sobre algún intento de timo que se cernía sobre mí en forma de una invitación a una exhibición de gimnasia en el Circus de Lalibela. Pero en el cuartucho en el que vive como guardián de la casa de Habtemu no había ni sitio para tomar café. Misgam no tiene más recursos que los que recibe como porteador en la estación de autobuses y es el único estudiante que me ha reconocido que no podrá continuar sus estudios. Su correo es el único que pienso responder.

El turismo es un arma de destrucción masiva que convierte la hospitalidad en un acto ingenuo. Una tierra no tocada por el turismo es un lugar cuya capacidad de acogida y encuentro será inexorablemente prostituida en cuanto un puñado de turistas ponga su mirada en ella. Al heroico acto del descubrimiento le sigue la barbarie de la conquista. El turismo no produce un encuentro de culturas: en una ecuación muy sencilla, la cultura más poderosa subyuga a la más débil. Comienza la fiesta del Meskal en Lalibela y los turistas nos encontramos en el centro del círculo disparando a los sacerdotes y diáconos que se encuentran en él. Les disparamos con nuestras cámaras, nos damos codazos para hacernos con un lugar favorable, increpamos al afortunado fotógrafo que acapara el mejor sitio mientras los lugareños contemplan o se imaginan el circo desde fuera. Por fin se impone la razón y los turistas somos desalojados a una segunda línea del círculo. Todos, menos un selecto grupo que permanece a los pies del obispo. En el siglo XXI, la razón no es ni mucho menos pura: es sencillamente económica.

El turismo es una bomba de fragmentación que deja sus esquirlas por todas partes. Y también somos nosotros, los turistas, los que encontramos esos restos bajo nuestros pies y empezamos a desconfiar de todo y de todos y acabamos pensando que el encuentro desinteresado con el otro no es posible.

¿Turismo masivo? En la mayoría de las iglesias estoy solo, en cada hotel somos apenas una decena de turistas. Pero en la actitud de una parte significativa de la gente detecto que bajo mi piel blanca no se encuentra un amasijo de carne, sangre y huesos, sino un puñado de billetes que buscan su destino. Siento que debo salir de esta ruta. Seguir los caminos marcados por el turismo también supone destruir algo de mí.