Después de pasar una semana en un 4×4, mi recorrido por Negele Borena, Dallo Mana, Robe, Adaba y Dodola me llevó a pasar tres días metido en atestados autobuses locales por pistas de tierra que multiplicaban por dos o dos mil la dureza del camino. El recorrido más masoquista de todos fue el que me llevó desde Robe hasta Dodola, 110 kms recorridos en siete horas en los que en más de una ocasión me dieron ganas de bajar del autobús y adelantarlo corriendo –tentativa que por lo demás hubiera sido inútil, pues no hubiese podido alejarme de mi sitio más allá de medio metro y me habría quedado atrapado, quizás para siempre, en la maraña de niños, sacos y maletas que poblaban el estrecho pasillo-.

Tres días pasando entre siete y diez horas en viejos autobuses no era una propuesta demasiado atractiva, pero la incomodidad era uno de los precios que debía pagar si pretendía alejarme de las rutas habituales del turismo. Frente al Hello, Money –y sus equivalentes en especie- que escuchaba sin cesar en el norte del país,  en la región de Oromiya recibí una avalancha de saludos por parte de las personas con las que me cruzaba en la calle o con las que compartía asiento en cada autobús:

– Good morning, good afternoon, good evening, good night!

– Yes, I don’t.

– I ate breakfast!

– You are a rich man.

– Are you Chinese?

– I love you!

Supongo que fue la hospitalidad lo que encontré esos días: la voluntad de ayudar al viajero aunque se le contemple como una aparición en medio del desierto y nadie le entienda ni una sola palabra.

Son innumerables las personas con las que compartí alguna conversación durante esos días, como Wolicho y Saar, dos estudiantes de Negele Borena que me ayudaron a encontrar un hotel –frecuentado por los trabajadores chinos de alguna de las múltiples carreteras que están realizando en el país- y con los que tomé un té algo más tarde. Negele Borena es una ciudad tranquila, pero no es oro todo lo que reluce. Hace menos de un mes, más de cien somalíes y treinta borenas murieron en enfrentamientos a sesenta kilómetros de allí. El recorrido en autobús desde Negele Borena hasta Dallo Mana me sirvió para intuir que en la inmensidad del interior del país no hay más ley que la de la supervivencia, bajo una apariencia polvorienta de salvaje este en el que los hombres llevan el cuchillo en el cinto y el kalashnikov bien a mano. En esa zona se sigue matando por lo que se mataba hace cientos y miles de años: por el acceso al agua y a los pastos, por el control del ganado, por las mejores tierras. El gobierno no interviene y no parece tener intención de hacerlo.

El siglo XXI no ha cambiado estas luchas, pero ha añadido otras. Al lado de la cafetería en la que estábamos bebiendo té, unas placas metálicas vallaban el terreno en el que se encontraba uno de los dos hoteles que fueron volados hace un año por un grupo islamista. Aunque quizás esté equivocado y no haya cambiado nada, quizás el nuevo siglo no haya traído nada nuevo y la guerra santa no deje de ser una historia repetida desde que el hombre es hombre.

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