Identidad y mentiras

28 febrero 2010

En toda Etiopía son muchos los que veneran a Haile Selassie. El último emperador tiene un lugar en el corazón de los etíopes gracias a su título más que a sus obras. En un país labrado a fuerza de mitos insostenibles desde un punto de vista histórico, la palabra imperio despierta en muchos la visión de una grandeza que nunca existió. La devoción lleva a muchos a llamarle el padre de África, aunque Selassie no deje de ser un enano comparado con Nelson Mandela: al lado de Mandela, casi todos lo somos.

La veneración llega a su culmen en Shashamene, el hogar de la única comuna rastafari de África. Hay que fumar mucha marihuana para creer que Selassie es la reencarnación del rey David o de Jesucristo y que regresará para liberar a África del yugo de la opresión. Selassie fue un tirano mediocre que supo rodearse de mediocres para no ver peligrar su trono, viviendo en la más absoluta opulencia mientras su pueblo se arrastraba por unas migajas. En un mundo donde las apariencias son más importantes que las profundidades y un envoltorio atractivo mueve la voluntad del consumidor, la estética rastafari se ha extendido por doquier aunque muchos no tengan ni idea de su significado. A Shashamene llegan viajeros de todo el mundo. No hay nada de malo en que se dejen arrastrar por el humo de la marihuana, por palabras cada vez más débiles como paz y amor y por un poco de estupenda música reggae. Pero que no me hablen de Selassie como del Mesías, por favor.

La búsqueda de la identidad es un ejercicio legítimo. En el Caribe y en algunas comunidades negras de Estados Unidos y de Inglaterra, muchos han encontrado en la ideología rastafari una identidad que viene a paliar el desarraigo de una historia robada por el tráfico de esclavos. Pero construir la identidad sobre una mentira es construir otra mentira. Aunque la música sea agradable, falla la letra.