No hace mucho tiempo, funcionarios del gobierno etíope y directivos de la empresa india Karaturi se subieron a un helicóptero. Sobrevolaron el parque nacional de Gambela y marcaron con GPS una extensión de 10 kilómetros de ancho y 100 kilómetros de largo, siguiendo la carretera de tierra que une Ilya y Nyangnang. Desde entonces, los trabajos para convertirla en una de las mayores plantaciones agrícolas del mundo no han cesado, como tampoco lo ha hecho el progresivo descontento de la población Anuwak, que se siente desposeída de la tierra que ha habitado desde hace cientos de años y con la que no se ha contado en todo el proceso. Desde el helicóptero –y desde las oficinas de Addis Abeba o de Bombay-, las comunidades locales no debieron parecer gran cosa.

En enero de 2012, el autobús que llevaba de Matu a Gambela se encontraba cerca de su destino. Poco antes de llegar a Gambela, un grupo armado de Anuwak detuvo el autobús. El conductor, que sin duda recordaba los terribles meses del 2004 en los que se sucedieron los asesinatos entre los Anuwak y los habitantes de la región procedentes de otras partes del país, salió corriendo. Los asaltantes hicieron bajar a todos los viajeros que no eran de su etnia y los acribillaron a balazos. A los ojos de los asesinos, la última mirada de sus víctimas tampoco debió parecer gran cosa.

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