Selección natural

22 febrero 2010

Cuando regresaba hacia el coche, una mujer con la cabeza cubierta por una tela oscura que también tapaba su rostro, se acercó a mí. Avanzaba como un fantasma, mirando por una minúscula rendija que le permitía ver lo suficiente como para caminar despacio con la ayuda de uno de los guías. Abrió levemente la tela para enseñarme un ojo hinchado y cubierto por legañas de pus, mientras levantaba una mano para evitar que la luz del sol la deslumbrase. La falta de atención médica había provocado que una infección de fácil cura se hubiese desbocado hasta provocar que la mujer tuviera que ir cubierta para evitar la luz y las miradas ajenas. Busqué en mi botiquín un par de medicinas que podían paliar, más que curar, su dolencia, le expliqué a uno de los guías cómo debía usarlas y me subí al coche, donde me esperaban Orisson, el conductor y una mujer que nos había pedido llevarla a ella y a su bebé, que sufría malaria, al ambulatorio de Turmi. Cerré la puerta, subí la ventanilla y contemplé a la mujer mientras volvía a cubrir su rostro. Su enfermedad era una doble maldición en un lugar donde el turismo fotográfico –una variación del safari en el que el cazador blanco busca piezas humanas y las dispara con un arma incruenta- es la principal fuente de ingresos: las cámaras efectúan una selección natural en la que los guapos, los sanos, los más espabilados, son los salvados. Los feos, los enfermos o los que siguen trabajando la tierra y el ganado sin hacer concesiones al turista, nunca salen en las fotos. El cazador no les quiere o no les encuentra en la escena del crimen. Y, aunque en el reino de los cielos quizás estén llamados a ser los primeros, en esta tierra dura que habitan son los últimos a la hora de revisar cuanto dinero llevan en los bolsillos.

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