No morirán sólo ellas –contesta Ayala esbozando una media sonrisa, mirando irónicamente a los hombres que se encuentran comiendo a nuestro alrededor-.

Nos encontramos en uno de los muchos burdeles que pueblan Etiopía: bar, restaurante, hotel y prostíbulo a un mismo tiempo, habitualmente no son más que un conjunto de habitaciones en torno a un patio de tierra y algún espacio con mesas y sillas en el que se sirve comida y bebida.  Hemos llegado aquí en busca de un plato de pasta que consuele mi maltratado estómago pero, como él dice, en aquel establecimiento las chicas son el plato principal. Ayala es enfermero en el centro de salud de Dallo Mana y ha hecho el test del VIH a todas las prostitutas del hotel en el que estamos comiendo. Les explicó las medidas que debían tomar, pero no le hicieron mucho caso: las chicas, como sus clientes, no han recibido educación de ningún tipo y no parecen preocuparse demasiado por el futuro. La mayoría vienen de lejos, incluso de la capital, pues saben que en el sur el calor hace milagros y sus ingresos aumentan: los hombres se encienden con facilidad y frecuentan mucho la prostitución. A los hombres del campo no les gusta usar preservativos, pese a las constantes campañas del gobierno para concienciar de la necesidad de su uso. Dallo Mana es una ciudad pequeña que vive de la agricultura y ganadería y gran parte de los niños que viven en los alrededores no acuden a la escuela.  Dentro de la ciudad, un creciente número de niños viven en la calle: sus padres y madres han muerto y les han dejado como única herencia el VIH. Qué vida más perra.

Ayala me pregunta si quiero probar, antes de admitir que en Robe o Goba, ciudades mucho más grandes a las que me dirijo, hay mejores prostíbulos que este. Le contesto que no me parece ni el momento ni el lugar para ello: con los lamentables spaghetti que estoy comiendo tengo suficiente. Más tarde me confesará que una de las chicas que sigue trabajando en el local dio positivo en el test del virus del sida. Y cada vez que esta chica recibe 100 o 200 birrs de las manos de un hombre, cada vez que este hombre se acuesta con otra prostituta o con su mujer, cada vez que su mujer da a luz a uno de sus hijos, la muerte, en silencio, sigue trabajando.

Después de pasar una semana en un 4×4, mi recorrido por Negele Borena, Dallo Mana, Robe, Adaba y Dodola me llevó a pasar tres días metido en atestados autobuses locales por pistas de tierra que multiplicaban por dos o dos mil la dureza del camino. El recorrido más masoquista de todos fue el que me llevó desde Robe hasta Dodola, 110 kms recorridos en siete horas en los que en más de una ocasión me dieron ganas de bajar del autobús y adelantarlo corriendo –tentativa que por lo demás hubiera sido inútil, pues no hubiese podido alejarme de mi sitio más allá de medio metro y me habría quedado atrapado, quizás para siempre, en la maraña de niños, sacos y maletas que poblaban el estrecho pasillo-.

Tres días pasando entre siete y diez horas en viejos autobuses no era una propuesta demasiado atractiva, pero la incomodidad era uno de los precios que debía pagar si pretendía alejarme de las rutas habituales del turismo. Frente al Hello, Money –y sus equivalentes en especie- que escuchaba sin cesar en el norte del país,  en la región de Oromiya recibí una avalancha de saludos por parte de las personas con las que me cruzaba en la calle o con las que compartía asiento en cada autobús:

– Good morning, good afternoon, good evening, good night!

– Yes, I don’t.

– I ate breakfast!

– You are a rich man.

– Are you Chinese?

– I love you!

Supongo que fue la hospitalidad lo que encontré esos días: la voluntad de ayudar al viajero aunque se le contemple como una aparición en medio del desierto y nadie le entienda ni una sola palabra.

Son innumerables las personas con las que compartí alguna conversación durante esos días, como Wolicho y Saar, dos estudiantes de Negele Borena que me ayudaron a encontrar un hotel –frecuentado por los trabajadores chinos de alguna de las múltiples carreteras que están realizando en el país- y con los que tomé un té algo más tarde. Negele Borena es una ciudad tranquila, pero no es oro todo lo que reluce. Hace menos de un mes, más de cien somalíes y treinta borenas murieron en enfrentamientos a sesenta kilómetros de allí. El recorrido en autobús desde Negele Borena hasta Dallo Mana me sirvió para intuir que en la inmensidad del interior del país no hay más ley que la de la supervivencia, bajo una apariencia polvorienta de salvaje este en el que los hombres llevan el cuchillo en el cinto y el kalashnikov bien a mano. En esa zona se sigue matando por lo que se mataba hace cientos y miles de años: por el acceso al agua y a los pastos, por el control del ganado, por las mejores tierras. El gobierno no interviene y no parece tener intención de hacerlo.

El siglo XXI no ha cambiado estas luchas, pero ha añadido otras. Al lado de la cafetería en la que estábamos bebiendo té, unas placas metálicas vallaban el terreno en el que se encontraba uno de los dos hoteles que fueron volados hace un año por un grupo islamista. Aunque quizás esté equivocado y no haya cambiado nada, quizás el nuevo siglo no haya traído nada nuevo y la guerra santa no deje de ser una historia repetida desde que el hombre es hombre.