Las sombras

18 febrero 2010

Orisson y yo salimos de la habitación en busca de un poco de chat para pasar la tarde. En la puerta, un hombre de origen hindú me saluda. Probablemente es uno de los encargados de las obras de la carretera entre Arba Minch y Konso. Mira a Orisson sin ningún recato y me pregunta con sorna: Where did you get it?

No me pregunta dónde la he conocido, porque no se trata de una persona: una mujer hermosa acompañada de un blanco es una mercancía que se consigue, un botín que se encuentra. Le digo que nos conocimos a través de un amigo común en Dire Dawa. El hindú sigue fuera de juego y confiesa sonriendo que no sabe dónde se encuentra la segunda ciudad más grande de Etiopía. Orisson y yo le dejamos a solas con su ignorancia y nos vamos a comprar algo de chat, una lata de sardinas, otra de atún y un poco de pan para hacer un picnic en el patio de nuestro hotel. Entre cerveza y cerveza, Norah Jones suena en el portátil y otorga algo de belleza a un lugar tan sórdido.

Espoleado por las palabras del hindú, las sombras crecen en mi conciencia y necesito hablar con ella. Esa noche mascaremos demasiado chat y, entre nosotros, no quedará ningún secreto.

Dícese del argumento empleado por aquellos gobiernos que no están dispuestos a compartir o dejar el poder. Sinónimo de dictadura encubierta, detención ilegal, tortura, hostigamiento o asesinato. Ver también: Colonialismo y élites locales, Corrupción, Expolio de Recursos, Oligarquía.

La corte de los milagros

14 febrero 2010

A partir de Arba Minch, descubrimos que el olor del dinero tiene la capacidad de convertir en bufón al que no lo tiene. En el pasado, algún turista paró su coche al ver bailar a un niño y le dio dinero. Quién sabe si fue hace unos años o unos decenios: Evelyn Waugh ya describe una escena parecida cuando visitó Etiopía en los años treinta del siglo XX. Desde entonces, cada vez que un todoterreno aparece en el horizonte, la mayoría de los niños que se encuentran en los campos de alrededor apacentando el ganado, protegiendo los campos del apetito de los pájaros o acarreando agua, dejan sus quehaceres por unos segundos, corren hacia la carretera y empiezan a bailar compulsivamente en espera de que esta nueva corte de los milagros en forma de vehículos 4×4 les deje un puñado de monedas. La mayoría se inclina por los bailes tradicionales, mientras los más osados imitan el breakdance, caminan haciendo el pino o inventan estúpidas piruetas que suelen acabar con sus huesos en el suelo. El coche pasa de largo, los niños siguen bailando unos segundos, miran el rastro de humo o polvo que deja el vehículo y vuelven lentamente a su labor.

La escena se repite innumerables veces a lo largo de nuestro recorrido y no puedo dejar de sentir que hay algo obsceno en nuestro paso por estas tierras. Me gustaría cambiar de cuento y que todos estos niños supieran que, detrás de su traje de dólares, el turista es un emperador desnudo y no merece ninguna reverencia.

Atrapados

12 febrero 2010

Orisson tenía cuatro años cuando voló junto con sus hermanas y su madre para visitar a su padre en Ogaden, dónde este trabajaba en un banco. Días después de que llegaran allí, la guerra de Somalia y los conflictos con la guerrilla provocaron que las líneas aéreas suspendieron sus vuelos a la zona. Los primeros coches que intentaron salir de allí saltaron por los aires, junto con los restos de sus ocupantes. Los únicos que se atrevieron a hacer ese trayecto a partir de entonces fueron los contrabandistas, que tardaban más de una semana en realizarlo.

Orisson y su familia esperaron dos años y medio a que los vuelos se reanudaran, encerrados en una ratonera en la que las escuelas estaban cerradas y los riesgos del contrabando elevaban el coste de la vida. Así fue y así sigue siendo: en todos los conflictos la vida se vuelve cara y la muerte, tan fácil, tan barata.

I’ve got the power

10 febrero 2010

La vida se ve diferente desde el asiento delantero de un todoterreno. A nuestro paso, los niños extienden sus brazos y corren hacia el coche mientras mueven sus labios. Quizás griten Highland! o You, you!, las palabras que más he oído durante estos días en el sur del país. Pero esta vez no puedo escucharles. En la radio del coche suena a todo volumen una canción de los años 80 que no deja lugar a dudas: The power. Los paisajes se suceden y los niños y las mujeres que extienden sus manos se repiten como los árboles que flanquean la carretera. Orisson acaricia mi nuca mientras el conductor lanza una botella de agua mineral vacía a la carretera: Highland! Dos niños corren desesperadamente hacia ella, el más rápido se lanza al suelo para atraparla y el más lento, sobre su compañero. Detrás de nosotros se levanta una polvareda y sólo podemos imaginar los golpes y los gritos, la pírrica victoria del más fuerte y el llanto del más pequeño. Todo está claro. En la radio el estribillo se repite como un martillo neumático sobre mi cerebro: I’ve got the power.

Yo. Yo soy el que lo tengo: yo pago este coche y a su conductor, le pago sus caprichos a mi chica y la invito a restaurantes donde predomina el color blanco. Soy yo el que pasa de largo delante de tantas manos extendidas.  Lo dice la canción y yo lo completo: yo tengo el poder y ellos tienen la miseria.

Pasan los días y sigue llegando a mi boca, arrastrándome en la misma caída sin fin que me llevó a las puertas del paraíso. No hay rincón de mi piel que no recorra ni pensamiento que quede en pie después de su paso. El viento del desierto me llama y no soy más que un grano de arena rodando entre sus labios.

Los sueños perdidos

7 octubre 2009

Salam me enseña su bolso lleno de tesoros: un libro de bolsillo en inglés que le gusta mucho pero que no puede haber leído, una pelota de goma que no puede servir aunque ella lo crea para jugar al tenis, unas hojas en las que Peter escribe que la echa de menos y quiere volver a besar su cuerpo.  Luego me enseña unas fotos y contemplo a Peter, un australiano de unos 50 años del que habla con devoción, sentado en una bañera al lado de ella, una imagen en la que Salam sonríe con una sonrisa que perdió hace tiempo.

Salam sueña con un hombre blanco que le saque de este cuarto minúsculo que comparte con sus padres y una hermana. Pero un velo de melancolía cubre su rostro mientras prepara el café y me habla de aquella oportunidad perdida. Antes de despedirnos, me pide dinero para unos estudios que sé que no existen.  Le doy más de lo que me pide y cuando me quedo solo comienzo a balbucear que este mundo es una mierda. Como un torrente desbordado las palabras salen de mi boca y se repiten una y otra vez mientras me maldigo por ser uno de los afortunados que ven pasar de largo tanta miseria. Y sólo me queda llorar y llorar y llorar.

El exorcismo

7 octubre 2009

A la salida de la celebración de la mañana en la iglesia de Bet  Mikael, escucho unas carcajadas. Una mujer joven se encuentra en el suelo sujeta por otra de mayor edad, mientras un sacerdote le impone una cruz de madera sobre la frente y recita unas oraciones.  A su alrededor, otras mujeres se persignan y contemplan la escena con preocupación. Periódicamente, la mujer intenta zafarse y cada intento fallido es seguido por su risa descontrolada. Después de cinco minutos, el sacerdote se rinde y retira la cruz, la mujer mayor baja la cabeza y entre varias alzan a la joven y caminan con ella de vuelta a casa. La joven tiene la mirada perdida y, de vez en cuando, vuelve a reír de una manera extraña. La mujer mayor, quizás su madre, la sostiene entre sus brazos y llora a su lado.

Ahora custodia la prisión de Lalibela, pero antes de ser policía fue uno de los guerrilleros del frente de liberación de Tigray, que acabó derribando el régimen de Mengistu e instaurando un sistema aparentemente democrático en el que un mismo partido ha ganado todas las elecciones desde entonces. Me enseña orgulloso la herida que sufrió en la cabeza durante la caída de Asmara ante los independentistas eritreos, herida que le curaron los médicos libios en Jartum.  También me cuenta la atroz hambruna de los años 80, cuando cerca de Sekota, su localidad natal, los campesinos se quedaron sin tef ni ningún otro alimento y miles de ellos fueron muriendo de inanición en su desesperada huída hacia la carretera general. Allí no les esperaba ayuda de ningún tipo, pues el Derg tenía pocos simpatizantes en aquellas tierras y utilizó el hambre como medio de castigo.

En Europa, hace tiempo que la guerra dejó de estar rodeada de una estúpida aura romántica. Pero la palabra guerrilla sigue despertando benevolencia en un continente felizmente acostumbrado a ver los toros desde la barrera.

Abay y sus vecinos se ríen cuando entra en detalles sobre su labor durante aquellos años. Cuando no tenía qué comer, él y sus hombres asaltaban los coches que atravesaban la carretera de Mekele y robaban todo lo que llevaban. Misgan tiene dieciocho años y me traduce sus palabras sin dejar de sonreír. Cuando encontraban un coche en el que viajaban mujeres jóvenes, las llevaban al bosque y las violaban.

Luchar por la libertad siempre ha tenido sus ventajas.

Todo occidental que pasee por la isla de Java será saludado por una oleada de “Hello Mister” a lo largo del día. Etiopía está a miles de kilómetros de Indonesia, pero en algunos lugares el saludo es el mismo. Lamentablemente, en la mayoría de los que he visitado no es un saludo lo que he recibido, sino una petición: “Hello Money” o “Hello Pen”. O quizás sí sea un saludo, pues lo que pasa ante los ojos de estos niños no es una persona sino un montón de dinero andante que en cualquier momento podría desbordarse sobre sus cabezas en la forma de un birr o dos que llevar a casa o que guardar en algún bote de latón oxidado.

¿En qué momento el saludo se convirtió en una demanda?  Naguse es uno de los cinco mil etíopes que pasaron diez años de su vida en Cuba para mayor gloria de la revolución y ahora tiene una agencia de viajes con muchos contactos en el mercado español. Le pregunto y su respuesta es clara: el turista es el culpable. Un turista irresponsable que pretende lavar su mala conciencia regalando bolígrafos, repartiendo camisetas o deslizando un par de birrs entre las manos de algún niño. Una conciencia más difícil de lavar que las manos de estos niños, pues cómo me explico qué hago aquí con esta cámara que podría alimentar a una familia durante un año, cómo pretendo que esta gente me invite a una ceremonia del café cuando sus hijos tienen que ser limpiabotas porque no hay suficiente dinero para todo. ¿Cómo le explico a este niño con las cuencas vacías de sus ojos que no le voy a dar dinero porque si lo hiciera tendría a decenas de niños pidiéndome dinero? ¿Le sirve de algo que le diga que nunca doy dinero a los niños, que prefiero colaborar con un proyecto que con una persona? ¿Me sirve a mí? Mejor no explicar nada y seguir haciendo fotos. Porque no disimulemos: esta vida es cruel, esta tierra es cruel y este viaje es cruel porque dentro de unos días yo estaré calentito en mi cama y este niño durmiendo en el suelo como siempre ha dormido.

Ni siquiera estas palabras sirven de algo: en la estación de autobuses un hombre al que le faltan una pierna y un pie y con muñones en los dedos me pide limosna. En un acto de generosidad extrema le doy un birr -6 céntimos de euro- y el hombre se retira mientras mi conciencia se dirige hacia el infierno. Dos jóvenes sentados a la sombra de un autobús me han observado. Uno le da un codazo al otro y este se levanta con agilidad y se dirige a mí cojeando repentinamente con la mano extendida hacia mí. Le miro con firmeza y le rechazo con la mirada. Si he de pudrirme en el infierno, no estaré solo.

El turista tú me pides-yo te doy lo tiene más fácil: cosechará un montón de sonrisas y volverá a casa con una coartada para su viaje. Habrá educado en la mendicidad y reforzado un modelo de dependencia y, por tanto, una nueva forma de colonialismo. Pero él ni imagina ni verá las consecuencias de sus actos y sus amigos elogiarán sus fotos con las sonrisas desinteresadas de los niños. Podría haber dado su donativo a un proyecto social o a una escuela, pero eso hubiera sido menos vistoso. ¿Quieres una camiseta, un bolígrafo, un balón de fútbol? Pues aquí lo tienes y ahora no te vayas, posa para esta foto.

En Lalibela, el deporte nacional de los jóvenes es la búsqueda de un sponsor: un extranjero que pague sus estudios o les pague sencillamente. Toda ceremonia del café que se precie acabará con una petición de sponsor.  Habtemu ha acaparado la conversación con su buen nivel de inglés y se nota que tiene experiencia en este tema. Casualidad o no, todos los estudiantes de Lalibela con los que he hablado hacen el examen nacional este año y todos necesitan el dinero a partir de ese momento. El Hello Money de los niños se ha transformado en el Hello do you want to be my sponsor de los adolescentes. Misgam es más tímido y se mantiene en segundo plano. Él es el que me ha invitado y me ha prevenido sobre algún intento de timo que se cernía sobre mí en forma de una invitación a una exhibición de gimnasia en el Circus de Lalibela. Pero en el cuartucho en el que vive como guardián de la casa de Habtemu no había ni sitio para tomar café. Misgam no tiene más recursos que los que recibe como porteador en la estación de autobuses y es el único estudiante que me ha reconocido que no podrá continuar sus estudios. Su correo es el único que pienso responder.

El turismo es un arma de destrucción masiva que convierte la hospitalidad en un acto ingenuo. Una tierra no tocada por el turismo es un lugar cuya capacidad de acogida y encuentro será inexorablemente prostituida en cuanto un puñado de turistas ponga su mirada en ella. Al heroico acto del descubrimiento le sigue la barbarie de la conquista. El turismo no produce un encuentro de culturas: en una ecuación muy sencilla, la cultura más poderosa subyuga a la más débil. Comienza la fiesta del Meskal en Lalibela y los turistas nos encontramos en el centro del círculo disparando a los sacerdotes y diáconos que se encuentran en él. Les disparamos con nuestras cámaras, nos damos codazos para hacernos con un lugar favorable, increpamos al afortunado fotógrafo que acapara el mejor sitio mientras los lugareños contemplan o se imaginan el circo desde fuera. Por fin se impone la razón y los turistas somos desalojados a una segunda línea del círculo. Todos, menos un selecto grupo que permanece a los pies del obispo. En el siglo XXI, la razón no es ni mucho menos pura: es sencillamente económica.

El turismo es una bomba de fragmentación que deja sus esquirlas por todas partes. Y también somos nosotros, los turistas, los que encontramos esos restos bajo nuestros pies y empezamos a desconfiar de todo y de todos y acabamos pensando que el encuentro desinteresado con el otro no es posible.

¿Turismo masivo? En la mayoría de las iglesias estoy solo, en cada hotel somos apenas una decena de turistas. Pero en la actitud de una parte significativa de la gente detecto que bajo mi piel blanca no se encuentra un amasijo de carne, sangre y huesos, sino un puñado de billetes que buscan su destino. Siento que debo salir de esta ruta. Seguir los caminos marcados por el turismo también supone destruir algo de mí.