La fiebre

12 agosto 2012

Nada más llegar a Arat Kilo, las nubes se cierran a mi alrededor. Debería coger un minibús hasta Meskel Square, pero decido bajar caminando. A los cinco minutos comienza la lluvia: primero, unas gotas, poco tiempo después, el diluvio. El chubasquero, las botas impermeables y el paraguas son inútiles ante la lluvia torrencial que golpea el pavimento y rápidamente va calando mis pantalones vaqueros. A medio camino, comprendo que todo está perdido. Descubro un hueco en una valla que me permite contemplar Addis Abeba bajo la lluvia. Cierro el paraguas, cojo la cámara y disparo varias veces hasta que la cámara está empapada y debo continuar. El agua inunda la carretera y debo cruzarla a saltos. Al llegar al Hotel Nacional, encuentro un lugar en el que guarecerme. Como yo, unos cuantos están empapados. A mi lado, una pareja se abraza, ajena al cielo que se desploma delante suyo. Aguardo media hora hasta que cesa la tormenta y llego a Meskel Square. El asfalto empapado, el intenso azul marino de las nubes, la última luz del día. Vuelvo a sacar la cámara y las imágenes que tomo me van descubriendo lo que busco. Estoy cerca, estoy cerca. Comienzo a hablar solo: me siento poseído. Cruzo dos calles, vuelvo a disparar, no es eso, pero casi, doy varios pasos atrás, ahora lo tengo. La gente camina a mi alrededor y yo continuo hablando solo, retransmitiendo mis pensamientos, mis vacilaciones, mis deseos. Estoy en el lugar adecuado. Espero que las cosas pasen, ahora sí, dos niños corriendo en el mismo sentido, un coche que se cruza, los colores rojo y blanco repetidos. Me sobra una persona, pero ya es tarde, la luz me abandona y continúo mi camino, empujado por esta fiebre que convierte a la cámara en mi única manera de relacionarme con el mundo. He estado cerca, tengo que volver a este sitio a esta hora, justo después de una tormenta. Hago un par de disparos más en el camino de regreso, sabiendo que no llegarán a ningún sitio.

La lluvia vuelve a los pocos minutos y debo guarecerme de nuevo. Siento mi cuerpo frío. Aún tardaré un par de horas en llegar a casa. Al acostarme, el frío se extiende por todo mi cuerpo, me duelen los brazos, la espalda. Tengo 38 grados y medio y me meto en la cama mientras vuelve a desatarse el diluvio y el agua retumba con fuerza en el tejado. Un torrente me golpea y me arrastra a través de la noche, hasta abandonarme, a la mañana siguiente, entre los jirones de las sábanas. Siento mi cuerpo vacío. La fiebre.

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