Alicia en el país de las fotografías

20 febrero 2010

No estaba preparado para lo que iba a encontrar en Arbore. Al detener el coche, el guía me señaló unos jóvenes vestidos con vaqueros, camisetas y gorra. Ellos eran los guías del poblado. Comencé a caminar con ellos y, de repente, nos vimos rodeados por decenas de personas que pedían una foto. One photo, two birr! Photo! Me! Después de varias semanas en Etiopía, no se trataba de un grito de guerra que pudiera intimidarme, pero su ruidosa insistencia llegó a superarme por unos segundos, momentos en los que no dudaron en tocarme o agarrarme para reclamar mi atención, mientras los presuntos guías usaban tímidamente unas ramitas para escarbarse el pelo o para tratar de poner, con poco éxito, orden en el desorden.

Mientras me abría paso hacia el poblado, divisé a un niño encima de un arbusto mirando petrificado al horizonte, un horizonte en el que yo no distinguía nada de interés. Más adelante, siete señoras con sus mejores galas formaban delante de una de las casas como un extraviado regimiento de amazonas. En otro lugar, una familia en posición de firmes me miraba fijamente, desplazándose lateralmente según yo iba avanzando. Un hombre con unas gafas ridículas y un sombrero inverosímil sonreía apoyado en un árbol. Dos muchachas se cogían por la cintura y con los brazos opuestos sostenían una tela negra por detrás de sus cabezas. Ante mis embotados ojos se sucedía una sucesión de estampas que parecían extraídas de Alicia en el país de las maravillas. Entonces, lo comprendí. Todos ellos estaban posando: la visita del hombre blanco convertía su vida diaria en un escenario en el que se esforzaban por dar al turista –homo photographicus– lo que ellos creían que estaba buscando. Cualquier acercamiento a su vida real no dejaba de ser una ilusión. O, lo que es peor, aquellas imágenes confirmaban que su vida real se estaba convirtiendo en una actuación en un parque temático de culturas indígenas. En el transcurso de los días siguientes pude ver nativos luciendo estúpidos adornos sólo porque con ellos tenían más éxito a la hora de ser fotografiados por turistas que no eran capaces de distinguir los ingredientes de su cultura tradicional de los elementos de una mera bufonada. Pero eso sería más tarde. Aquel día, en aquel momento, comencé a vislumbrar lo que me esperaba y me quedé tan estupefacto que dejé de escuchar los gritos y de sentir los agarrones, resistiendo las tentaciones de frotarme los ojos para saber si aquello no era más que sueño. Pero no lo era. Aquel pueblo no estaba habitado por personas, sino por fotografías.

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