La corte de los milagros

14 febrero 2010

A partir de Arba Minch, descubrimos que el olor del dinero tiene la capacidad de convertir en bufón al que no lo tiene. En el pasado, algún turista paró su coche al ver bailar a un niño y le dio dinero. Quién sabe si fue hace unos años o unos decenios: Evelyn Waugh ya describe una escena parecida cuando visitó Etiopía en los años treinta del siglo XX. Desde entonces, cada vez que un todoterreno aparece en el horizonte, la mayoría de los niños que se encuentran en los campos de alrededor apacentando el ganado, protegiendo los campos del apetito de los pájaros o acarreando agua, dejan sus quehaceres por unos segundos, corren hacia la carretera y empiezan a bailar compulsivamente en espera de que esta nueva corte de los milagros en forma de vehículos 4×4 les deje un puñado de monedas. La mayoría se inclina por los bailes tradicionales, mientras los más osados imitan el breakdance, caminan haciendo el pino o inventan estúpidas piruetas que suelen acabar con sus huesos en el suelo. El coche pasa de largo, los niños siguen bailando unos segundos, miran el rastro de humo o polvo que deja el vehículo y vuelven lentamente a su labor.

La escena se repite innumerables veces a lo largo de nuestro recorrido y no puedo dejar de sentir que hay algo obsceno en nuestro paso por estas tierras. Me gustaría cambiar de cuento y que todos estos niños supieran que, detrás de su traje de dólares, el turista es un emperador desnudo y no merece ninguna reverencia.

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