I’ve got the power

10 febrero 2010

La vida se ve diferente desde el asiento delantero de un todoterreno. A nuestro paso, los niños extienden sus brazos y corren hacia el coche mientras mueven sus labios. Quizás griten Highland! o You, you!, las palabras que más he oído durante estos días en el sur del país. Pero esta vez no puedo escucharles. En la radio del coche suena a todo volumen una canción de los años 80 que no deja lugar a dudas: The power. Los paisajes se suceden y los niños y las mujeres que extienden sus manos se repiten como los árboles que flanquean la carretera. Orisson acaricia mi nuca mientras el conductor lanza una botella de agua mineral vacía a la carretera: Highland! Dos niños corren desesperadamente hacia ella, el más rápido se lanza al suelo para atraparla y el más lento, sobre su compañero. Detrás de nosotros se levanta una polvareda y sólo podemos imaginar los golpes y los gritos, la pírrica victoria del más fuerte y el llanto del más pequeño. Todo está claro. En la radio el estribillo se repite como un martillo neumático sobre mi cerebro: I’ve got the power.

Yo. Yo soy el que lo tengo: yo pago este coche y a su conductor, le pago sus caprichos a mi chica y la invito a restaurantes donde predomina el color blanco. Soy yo el que pasa de largo delante de tantas manos extendidas.  Lo dice la canción y yo lo completo: yo tengo el poder y ellos tienen la miseria.

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