Los sueños perdidos

7 octubre 2009

Salam me enseña su bolso lleno de tesoros: un libro de bolsillo en inglés que le gusta mucho pero que no puede haber leído, una pelota de goma que no puede servir aunque ella lo crea para jugar al tenis, unas hojas en las que Peter escribe que la echa de menos y quiere volver a besar su cuerpo.  Luego me enseña unas fotos y contemplo a Peter, un australiano de unos 50 años del que habla con devoción, sentado en una bañera al lado de ella, una imagen en la que Salam sonríe con una sonrisa que perdió hace tiempo.

Salam sueña con un hombre blanco que le saque de este cuarto minúsculo que comparte con sus padres y una hermana. Pero un velo de melancolía cubre su rostro mientras prepara el café y me habla de aquella oportunidad perdida. Antes de despedirnos, me pide dinero para unos estudios que sé que no existen.  Le doy más de lo que me pide y cuando me quedo solo comienzo a balbucear que este mundo es una mierda. Como un torrente desbordado las palabras salen de mi boca y se repiten una y otra vez mientras me maldigo por ser uno de los afortunados que ven pasar de largo tanta miseria. Y sólo me queda llorar y llorar y llorar.

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