El turismo es un arma de destrucción masiva

6 octubre 2009

Todo occidental que pasee por la isla de Java será saludado por una oleada de “Hello Mister” a lo largo del día. Etiopía está a miles de kilómetros de Indonesia, pero en algunos lugares el saludo es el mismo. Lamentablemente, en la mayoría de los que he visitado no es un saludo lo que he recibido, sino una petición: “Hello Money” o “Hello Pen”. O quizás sí sea un saludo, pues lo que pasa ante los ojos de estos niños no es una persona sino un montón de dinero andante que en cualquier momento podría desbordarse sobre sus cabezas en la forma de un birr o dos que llevar a casa o que guardar en algún bote de latón oxidado.

¿En qué momento el saludo se convirtió en una demanda?  Naguse es uno de los cinco mil etíopes que pasaron diez años de su vida en Cuba para mayor gloria de la revolución y ahora tiene una agencia de viajes con muchos contactos en el mercado español. Le pregunto y su respuesta es clara: el turista es el culpable. Un turista irresponsable que pretende lavar su mala conciencia regalando bolígrafos, repartiendo camisetas o deslizando un par de birrs entre las manos de algún niño. Una conciencia más difícil de lavar que las manos de estos niños, pues cómo me explico qué hago aquí con esta cámara que podría alimentar a una familia durante un año, cómo pretendo que esta gente me invite a una ceremonia del café cuando sus hijos tienen que ser limpiabotas porque no hay suficiente dinero para todo. ¿Cómo le explico a este niño con las cuencas vacías de sus ojos que no le voy a dar dinero porque si lo hiciera tendría a decenas de niños pidiéndome dinero? ¿Le sirve de algo que le diga que nunca doy dinero a los niños, que prefiero colaborar con un proyecto que con una persona? ¿Me sirve a mí? Mejor no explicar nada y seguir haciendo fotos. Porque no disimulemos: esta vida es cruel, esta tierra es cruel y este viaje es cruel porque dentro de unos días yo estaré calentito en mi cama y este niño durmiendo en el suelo como siempre ha dormido.

Ni siquiera estas palabras sirven de algo: en la estación de autobuses un hombre al que le faltan una pierna y un pie y con muñones en los dedos me pide limosna. En un acto de generosidad extrema le doy un birr -6 céntimos de euro- y el hombre se retira mientras mi conciencia se dirige hacia el infierno. Dos jóvenes sentados a la sombra de un autobús me han observado. Uno le da un codazo al otro y este se levanta con agilidad y se dirige a mí cojeando repentinamente con la mano extendida hacia mí. Le miro con firmeza y le rechazo con la mirada. Si he de pudrirme en el infierno, no estaré solo.

El turista tú me pides-yo te doy lo tiene más fácil: cosechará un montón de sonrisas y volverá a casa con una coartada para su viaje. Habrá educado en la mendicidad y reforzado un modelo de dependencia y, por tanto, una nueva forma de colonialismo. Pero él ni imagina ni verá las consecuencias de sus actos y sus amigos elogiarán sus fotos con las sonrisas desinteresadas de los niños. Podría haber dado su donativo a un proyecto social o a una escuela, pero eso hubiera sido menos vistoso. ¿Quieres una camiseta, un bolígrafo, un balón de fútbol? Pues aquí lo tienes y ahora no te vayas, posa para esta foto.

En Lalibela, el deporte nacional de los jóvenes es la búsqueda de un sponsor: un extranjero que pague sus estudios o les pague sencillamente. Toda ceremonia del café que se precie acabará con una petición de sponsor.  Habtemu ha acaparado la conversación con su buen nivel de inglés y se nota que tiene experiencia en este tema. Casualidad o no, todos los estudiantes de Lalibela con los que he hablado hacen el examen nacional este año y todos necesitan el dinero a partir de ese momento. El Hello Money de los niños se ha transformado en el Hello do you want to be my sponsor de los adolescentes. Misgam es más tímido y se mantiene en segundo plano. Él es el que me ha invitado y me ha prevenido sobre algún intento de timo que se cernía sobre mí en forma de una invitación a una exhibición de gimnasia en el Circus de Lalibela. Pero en el cuartucho en el que vive como guardián de la casa de Habtemu no había ni sitio para tomar café. Misgam no tiene más recursos que los que recibe como porteador en la estación de autobuses y es el único estudiante que me ha reconocido que no podrá continuar sus estudios. Su correo es el único que pienso responder.

El turismo es un arma de destrucción masiva que convierte la hospitalidad en un acto ingenuo. Una tierra no tocada por el turismo es un lugar cuya capacidad de acogida y encuentro será inexorablemente prostituida en cuanto un puñado de turistas ponga su mirada en ella. Al heroico acto del descubrimiento le sigue la barbarie de la conquista. El turismo no produce un encuentro de culturas: en una ecuación muy sencilla, la cultura más poderosa subyuga a la más débil. Comienza la fiesta del Meskal en Lalibela y los turistas nos encontramos en el centro del círculo disparando a los sacerdotes y diáconos que se encuentran en él. Les disparamos con nuestras cámaras, nos damos codazos para hacernos con un lugar favorable, increpamos al afortunado fotógrafo que acapara el mejor sitio mientras los lugareños contemplan o se imaginan el circo desde fuera. Por fin se impone la razón y los turistas somos desalojados a una segunda línea del círculo. Todos, menos un selecto grupo que permanece a los pies del obispo. En el siglo XXI, la razón no es ni mucho menos pura: es sencillamente económica.

El turismo es una bomba de fragmentación que deja sus esquirlas por todas partes. Y también somos nosotros, los turistas, los que encontramos esos restos bajo nuestros pies y empezamos a desconfiar de todo y de todos y acabamos pensando que el encuentro desinteresado con el otro no es posible.

¿Turismo masivo? En la mayoría de las iglesias estoy solo, en cada hotel somos apenas una decena de turistas. Pero en la actitud de una parte significativa de la gente detecto que bajo mi piel blanca no se encuentra un amasijo de carne, sangre y huesos, sino un puñado de billetes que buscan su destino. Siento que debo salir de esta ruta. Seguir los caminos marcados por el turismo también supone destruir algo de mí.

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