Dios de la lluvia

6 octubre 2009

El autobús local de Mohoni a Alamata recorre un paisaje saheliano al que desde hace semanas le falta la lluvia. Sentado al lado del conductor, contemplo la pista de tierra seca que se desvanece bajo el vehículo a cámara lenta. Durante las tres horas de camino en las que recorremos menos de cien kilómetros, las mujeres no dejan de cantar, de ulular y de dar palmas, invocando la lluvia de la que depende la cosecha y sus animales y, con ellos,  la vida y la muerte. Uno de los viajeros me pide que ponga música en mi móvil y comprendo que todo lo que llevo encima, casi todo lo que hago y casi todo lo que espero, es superficial. Me niego a hacerlo. En estas canciones en lengua extraña hay un hilo que conecta este autobús polvoriento con una escena repetida a lo largo de los siglos.  Y siento que sus palabras están hechas de lluvia, una lluvia soñada en la voz de estas mujeres con el rostro curtido como la tierra.

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