Piedras vivas

5 octubre 2009

Una mujer llorando en el suelo ante una imagen cubierta por una cortina. Los mantos que cubren de blanco la madrugada. El incienso que impregna el aire del templo, el frío y los libros escritos en una lengua muerta en la que se depositan las esperanzas y el sufrimiento de tanta gente.

Las piedras de las iglesias de Lalibela respiran a través de los rezos que se escuchan al finalizar la noche y llegar la mañana. Los fieles besan las paredes, acarician su tierra, abrazan el suelo. Si la fe puede llegar hasta Dios, en la oscuridad de Lalibela se puede escuchar su aliento.

Más tarde, las iglesias quedarán deshabitadas. Y un puñado de extranjeros deambulará entre sus muros, testigos de un tiempo que sigue vivo pero es inalcanzable para ellos. La única actitud posible ante lo sagrado es la postración. Pero el hombre occidental se yergue sobre sus semejantes, apunta y dispara.

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