La ley del mas fuerte

23 septiembre 2009

Pasé toda una mañana recorriendo sin prisa las cataratas del Nilo Azul y al llegar a Tis Abay, la población más cercana, me encontré con una fila de más de cincuenta personas sentada en la calle principal esperando al autobús de regreso a Bahar Dar. Eran las tres de la tarde y comprendí que mi regreso estaba en peligro. No fui el único en hacerlo: a los pocos minutos se acercó  a mí un joven que se presentó como el coordinador de la estación de autobuses y me pidió 30 birrs por garantizarme un asiento en el autobús.

-El coordinador de la estación de autobuses… ¿Y dónde está la estación?

-Esto es la estación –me contestó señalando la calle mientras una camarilla de amigos respaldaba sus palabras-.

No le pedí una credencial que acreditara un trabajo tan improbable como aquel pues estaba seguro de que la tenía: dos horas antes había tenido que cruzar un río para completar la vuelta a las cataratas y nada más llegar a la orilla habían aparecido dos pastores altos y fornidos con sendas credenciales que les acreditaban como Aleta River Official Supporters y me cogieron en sus brazos para atravesar el río como la Reina Victoria (pero con mayor ridículo y menor majestad).

-Si quiere volver hoy a Bahar Dar, tendrá que pagarme, pues solo hay un autobús y no hay plazas para todos.

La perspectiva de quedarme en aquel lugar era poco halagüeña, al igual que lo era la de ceder ante aquel joven y sobornarle a cambio de un puesto en el autobús. Intenté bajar el precio, pero ni eso pude, y acabé pagando a cambio de la promesa de ser el primero en entrar en el autobús. Nada más mirar a aquella gente sentada al sol en plena calle, mi conciencia comenzó a mordisquear la decisión que había tomado. Afortunadamente, mis dudas duraron poco tiempo. Nada más llegar el autobús entramos todos en él, desde el primero, que fui yo, hasta el último, que no pude ver, pues en aquel vehículo de treinta plazas entramos más de sesenta personas, tres en cada par de asientos y muchos más apelotonados de pie en un maremágnum de brazos, piernas y cabezas que no siempre respondían a sus dueños cuando estos intentaban moverlos. Por el momento, el único engañado era yo y mi conciencia (o lo que de ella quedase) se alegró de que así fuera.

A los quince minutos de comenzar la marcha el conductor anunció que el precio del billete había subido de 8 a 10 birrs.  La noticia cayó como un jarro de agua caliente sobre los pasajeros, pues tal era la temperatura en el autobús que un jarro de agua fría habría sido una agradable sorpresa para todos. Los viajeros comenzaron a gesticular y a increpar al conductor,  y lo hicieron aún más al ver pasar en sentido contrario a otros dos autobuses que se dirigían a Tis Abay. Aquel conductor, sus cobradores y todo el personal imaginario de la imaginaria estación nos habían engañado a todos diciéndonos que sólo quedaba un autobús, sabiendo que aquello les garantizaba una ratonera llena de roedores dispuestos a morder su queso al precio que fuera.

Pero lo peor estaba por llegar. El conductor frenó en seco, se bajó del autobús dejándonos a pleno sol y anunció que no reanudaría la marcha hasta que todo el mundo pagase religiosamente el nuevo precio del billete. Pasaron unos pocos minutos y el interior del vehículo fue adquiriendo una temperatura insoportable que provocaba auténticos ríos de sudor y más de un suspiro de resignación. El conductor volvió a subirse al autobús y, ayudado por sus cobradores, fue cobrando uno a uno los diez birrs de cada billete. Acabó de hacerlo sin encontrar resistencia y prosiguió la marcha, pero hasta que no llegamos a Bahar Dar yo no dejé de jurar en arameo –pues los insultos que profería en español podían parecer a mis compañeros de viaje el idioma perdido de Jesucristo-.  Aquel abuso indignante no era más que un ejemplo de la ley del más fuerte que impera en los lugares donde las regulaciones son escasas y las posibilidades de reclamación eficaz inexistentes. En un país en que una diferencia de precio de 11 céntimos de euro es capaz de provocar situaciones como ésta, la necesidad es un lazo apretado a la garganta de los que menos tienen.

Al bajar del autobús busqué al conductor y le dije que no tenía ningún derecho a comportarse asi con la gente.

-Es la única manera de que entiendan –me dijo sonriendo-.

Recuerdo sus palabras y su risa y recuerdo el texto de la biblia que dice que algún día los leones pacerán con los corderos. Espero que ese día llegue y que los corderos les ajusten las cuentas como se merecen.

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2 comentarios to “La ley del mas fuerte”

  1. Gracias, conozco la asociación gracias a Olga, una buena amiga que vive en Valencia.
    Saludos

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