La teoria del caos

19 septiembre 2009

Eran las cuatro de la mañana y me había levantado con prisa pues a las cinco teníamos que estar en un lugar de nombre apocalíptico: Autobus Terra, la estación de autobuses de Addis Abeba. El taxi nos llevó a Shoa y a mí hasta un kilómetro antes de la estación, pues en ese punto el motor decidió ponerse a la altura de la carrocería y del interior del vehículo y se detuvo en una pronunciada cuesta arriba que se nos atragantó a todos. Cogimos cada uno una mochila y nos unimos a la interminable fila de etíopes que pretendían salir de viaje para pasar con sus familias el Año Nuevo Etíope -11 de septiembre-.

Al llegar a la estación comprendí que aquello era más complicado de lo que podía suponer. Aquella parte de la ciudad no tenía luz durante la noche –cada noche una mitad de la ciudad no dispone de energía eléctrica- y la oscuridad sólo se veía iluminada por los focos de los autobuses y taxis que coloreaban de azul y amarillo el humo gris de sus tubos de escape.  Toda Etiopía se encontraba allí reunida, apretada, estrujada, desorganizada como sólo ella sabe hacerlo, con un orden que nadie entendía. La mitad de la gente preguntaba algo, la otra mitad se encogía de hombros y todos proseguían su camino ciego hacia ninguna parte.

Antes de pasar la puerta de entrada, un taxi que intentaba abrirse paso entre la muchedumbre golpeó a una señora y en ese momento Shoa se ha adelantado y le he perdido durante varios minutos. Le esperé conteniendo el aliento hasta que regresó y nos dirigimos a la búsqueda del autobús de Bahar Dar. Desgraciadamente habíamos llegado tarde, pues ya eran más de las cinco y todos los autobuses tenían a sus puertas las filas completas de sus viajeros y ni un asiento libre. Shoa preguntaba por los autobuses hacia Bahar pero no encontrábamos a nadie que supiese de dónde salían. Finalmente llegamos a uno de ellos y nos confirmaron que no había plazas y que no habría más autobuses hoy. A nuestro lado empezaron a congregarse otros viajeros a los que, como a nosotros, se les habían pegado las sábanas o parado los motores de sus taxis. De pronto, hemos escuchado a un hombre gritar ¡Bahar Dar!, nos hemos girado hacia él y hemos empezado a seguirle. El hombre ha salido de la estación y, en ese momento, los viajeros nos hemos mirado los unos a los otros con la incertidumbre de si habría plazas para todos en aquel clavo ardiendo que acababa de aparecer en nuestras manos y hemos empezado a correr. Una carrera loca, desbordada, por una calle a oscuras sorteando los taxis atascados y las personas que corrían en dirección contraria en busca de sus propios destinos.  Hemos corrido hasta quedarnos sin aliento, cargados con mochilas, maletas, bolsas, televisiones,  intentando seguir a aquel hombre que seguía alejándose de la estación y se dirigía a un pequeño autobús al final de la calle. Al verlo, todos hemos emprendido un último y patético sprint mirando a nuestro lado por si corríamos peligro de ser adelantados y quedarnos en tierra. Quien diga que la dificultad eleva al hombre por encima de sí mismo se olvida de que a veces la única manera de superarla es que otro hombre fracase en el mismo intento.

Una vez emprendida la carrera, lo demás fue fácil: llegué al autobús, me senté compartiendo asiento y comencé una lucha de doce horas en las que tuve que calcular cada movimiento cuidadosamente, pues cualquier leve variación de caderas, brazos, piernas, pies o anos podía suponer una victoria momentánea o una derrota que me condenara a una incomodidad eterna en aquel breve espacio que compartía con un desconocido y mis dos mochilas. Una parada por un desprendimiento de tierras en el descenso hacia el Nilo, otra más para comer unos spaghetti y hacer una visita comunitaria al servicio, eso fue todo, un suspiro interminable que, como todos, casi antes de empezar pero medio día más tarde, había llegado a su fin.

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3 comentarios to “La teoria del caos”

  1. Charlie said

    Joder te he visto corriendo entre los taxis y la gente,me he metido de lleno en la pelicula,estas fotos no me las pierdo.

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