Como un buen extraterrestre

11 septiembre 2009

Mis primeras horas en Etiopía las he pasado recorriendo la ciudad de Addis Abeba. He comprado una tarjeta SIM para tener un número de teléfono etíope, he cambiado todos mis euros por birrs –en total, poco más del salario mínimo en España y una auténtica fortuna para la mayoría de los habitantes de este país- y he encontrado en una academia de inglés una persona que me enseñe unas nociones básicas de amárico durante este par de días: tres horas y media de clase a cuatro euros la hora. En las gestiones de la mañana me ha acompañado Shoa, el guardián de la casa de Claudio, mi anfitrión en la ciudad, un empresario acomodado que ha aceptado alojarme por unos dias. Pero la palabra acomodado no encaja en esta ciudad en la que las calles asfaltadas son una minoría y las casas de latón y madera vieja se ven acompañadas por las ovejas, los charcos y los ríos de detritos que hay que sortear constantemente. En Addis la vida rural y la urbana se entrelazan en un injerto sorprendente en el que es habitual ver pasear a las ovejas por la principal plaza de la ciudad mientras su pastor comparte espacio con un equipo de atletas en busca de manager y los mas pobres de los mas pobres dormitan sobre la hierba. Claro que aqui los mas pobres de entre los pobres estan por todas partes.

Shoa está disponible las veinticuatro horas del día y por eso fue él el que me esperó al llegar del aeropuerto a las cinco de la mañana. A las siete, cuando el sueño estaba conciliado y reconciliado, me llamó para decirme que Claudio se iba a trabajar y queria verme.

Claudio es italiano de tercera generación. Su abuelo era un camisa negra de Mussolini que llegó a Etiopía en la segunda guerra mundial, fue hecho prisionero por los ingleses y decidió quedarse allí pues no tenía ningún sitio mejor adonde volver. Claudio posee una empresa de maderas, una hermosa mujer etíope y dos hijas de siete y ocho años de su primera esposa que hablan un inglés perfecto, se quejan con amargura de pasarse el día encerradas en casa y no hablan una sola palabra de italiano. En su escuela no hablan amárico: lo han aprendido de sus niñeras.

Por la tarde, Claudio me invitó a sentarme con sus amigos en el suelo del cuarto de estar. Allí, acomodados sobre cojines, comenzaba la ceremonia del chat –como él dice, la coca de África-. Claudio y sus amigos no hacen asco a ningún vicio y lo primero que hacen es preguntarme si he visto mujeres hermosas por la mañana, si me gusta el vodka o la ginebra o si fumo, aunque sea marihuana. Según escuchaban mis respuestas iban poniendo cara de haber visto un extraterrestre y he tenido que salvar mi honor hablando de la belleza de mi profesora y de las ventajas inigualables de recibir clases particulares.

Pronto empezaron a pasarse un par de manojos de chat, un arbusto cuyas hojas se recogen por la noche y deben consumirse en las horas siguientes. Hasta hace poco mascar chat era una costumbre de los musulmanes etíopes, pero últimamente se está extendiendo por todo el país. El chat es una costumbre y un negocio: es el segundo producto de exportación de Etiopía después del café y es muy valorado en Somalia, Djibouti, Yemen y Arabia. Tres aviones de transporte llevan todos los días a Londres un cargamento destinado a su comunidad somalí, al ser Reino Unido el único lugar de la Unión Europea al que se puede exportar legalmente.

Mientras uno de los amigos de Claudio no paraba de mascar chat y de reírse hasta de su sombra, entablé conversación con otro de ellos, de procedencia somalí, para conocer su opinión sobre el estado de su país. Me dijo que viajaba frecuentemente a Somaliland y le gustaba hacerlo: vas allí, cojes a la chicas que quieres y te la follas. Pero los ojos se le inyectaron en sangre y salieron de sus órbitas cuando habló de Mogadiscio, el corazón de Somalia, donde estuvo viviendo hasta 1994. Sólo acertó a decir en inglés que la capital era terrible y peligrosa, aunque su expresión dejaba claro que aquel hombre había visto cosas que no iba a olvidar nunca. Aproveché para preguntar si el ejército etíope seguía en Somalia y Claudio se llevó el dedo índice a los labios para decir en voz baja:

-El ejército dice que se han ido, pero siguen allí.

Y su amigo el artista mascador de chat apostilló entre carcajadas.

-Es un lugar estupendo para los soldados: follan todos los días.

Supuse que con un manojo de billetes o con un arma en la mano no tenía mucho mérito follar, aunque el acto fuera el mismo. Pero guardé esa opinión tan extraña para mis adentros, les dejé a punto de abrir una botella de ginebra y me dirigí a mi clase de amárico de las siete de la tarde, como todo buen extraterrestre que se precie.

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Una respuesta to “Como un buen extraterrestre”

  1. Uribe said

    Vaya comienzo. Lo único que se me ocurre decir a un extraterreste es
    “Que la fuerza te acompañe”

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