El viento del desierto en Dire Dawa
8 Octubre 2009
Pasan los días y sigue llegando a mi boca, arrastrándome en la misma caída sin fin que me llevó a las puertas del paraíso. No hay rincón de mi piel que no recorra ni pensamiento que quede en pie después de su paso. El viento del desierto me llama y no soy más que un grano de arena rodando entre sus labios.
Los sueños perdidos
7 Octubre 2009
Salam me enseña su bolso lleno de tesoros: un libro de bolsillo en inglés que le gusta mucho pero que no puede haber leído, una pelota de goma que no puede servir aunque ella lo crea para jugar al tenis, unas hojas en las que Peter escribe que la echa de menos y quiere volver a besar su cuerpo. Luego me enseña unas fotos y contemplo a Peter, un australiano de unos 50 años del que habla con devoción, sentado en una bañera al lado de ella, una imagen en la que Salam sonríe con una sonrisa que perdió hace tiempo.
Salam sueña con un hombre blanco que le saque de este cuarto minúsculo que comparte con sus padres y una hermana. Pero un velo de melancolía cubre su rostro mientras prepara el café y me habla de aquella oportunidad perdida. Antes de despedirnos, me pide dinero para unos estudios que sé que no existen. Le doy más de lo que me pide y cuando me quedo solo comienzo a balbucear que este mundo es una mierda. Como un torrente desbordado las palabras salen de mi boca y se repiten una y otra vez mientras me maldigo por ser uno de los afortunados que ven pasar de largo tanta miseria. Y sólo me queda llorar y llorar y llorar.
El exorcismo
7 Octubre 2009
A la salida de la celebración de la mañana en la iglesia de Bet Mikael, escucho unas carcajadas. Una mujer joven se encuentra en el suelo sujeta por otra de mayor edad, mientras un sacerdote le impone una cruz de madera sobre la frente y recita unas oraciones. A su alrededor, otras mujeres se persignan y contemplan la escena con preocupación. Periódicamente, la mujer intenta zafarse y cada intento fallido es seguido por su risa descontrolada. Después de cinco minutos, el sacerdote se rinde y retira la cruz, la mujer mayor baja la cabeza y entre varias alzan a la joven y caminan con ella de vuelta a casa. La joven tiene la mirada perdida y, de vez en cuando, vuelve a reír de una manera extraña. La mujer mayor, quizás su madre, la sostiene entre sus brazos y llora a su lado.
Los luchadores por la libertad
6 Octubre 2009
Ahora custodia la prisión de Lalibela, pero antes de ser policía fue uno de los guerrilleros del frente de liberación de Tigray, que acabó derribando el régimen de Mengistu e instaurando un sistema aparentemente democrático en el que un mismo partido ha ganado todas las elecciones desde entonces. Me enseña orgulloso la herida que sufrió en la cabeza durante la caída de Asmara ante los independentistas eritreos, herida que le curaron los médicos libios en Jartum. También me cuenta la atroz hambruna de los años 80, cuando cerca de Sekota, su localidad natal, los campesinos se quedaron sin tef ni ningún otro alimento y miles de ellos fueron muriendo de inanición en su desesperada huída hacia la carretera general. Allí no les esperaba ayuda de ningún tipo, pues el Derg tenía pocos simpatizantes en aquellas tierras y utilizó el hambre como medio de castigo.
En Europa, hace tiempo que la guerra dejó de estar rodeada de una estúpida aura romántica. Pero la palabra guerrilla sigue despertando benevolencia en un continente felizmente acostumbrado a ver los toros desde la barrera.
Abay y sus vecinos se ríen cuando entra en detalles sobre su labor durante aquellos años. Cuando no tenía qué comer, él y sus hombres asaltaban los coches que atravesaban la carretera de Mekele y robaban todo lo que llevaban. Misgan tiene dieciocho años y me traduce sus palabras sin dejar de sonreír. Cuando encontraban un coche en el que viajaban mujeres jóvenes, las llevaban al bosque y las violaban.
Luchar por la libertad siempre ha tenido sus ventajas.
El turismo es un arma de destrucción masiva
6 Octubre 2009
Todo occidental que pasee por la isla de Java será saludado por una oleada de “Hello Mister” a lo largo del día. Etiopía está a miles de kilómetros de Indonesia, pero en algunos lugares el saludo es el mismo. Lamentablemente, en la mayoría de los que he visitado no es un saludo lo que he recibido, sino una petición: “Hello Money” o “Hello Pen”. O quizás sí sea un saludo, pues lo que pasa ante los ojos de estos niños no es una persona sino un montón de dinero andante que en cualquier momento podría desbordarse sobre sus cabezas en la forma de un birr o dos que llevar a casa o que guardar en algún bote de latón oxidado.
¿En qué momento el saludo se convirtió en una demanda? Naguse es uno de los cinco mil etíopes que pasaron diez años de su vida en Cuba para mayor gloria de la revolución y ahora tiene una agencia de viajes con muchos contactos en el mercado español. Le pregunto y su respuesta es clara: el turista es el culpable. Un turista irresponsable que pretende lavar su mala conciencia regalando bolígrafos, repartiendo camisetas o deslizando un par de birrs entre las manos de algún niño. Una conciencia más difícil de lavar que las manos de estos niños, pues cómo me explico qué hago aquí con esta cámara que podría alimentar a una familia durante un año, cómo pretendo que esta gente me invite a una ceremonia del café cuando sus hijos tienen que ser limpiabotas porque no hay suficiente dinero para todo. ¿Cómo le explico a este niño con las cuencas vacías de sus ojos que no le voy a dar dinero porque si lo hiciera tendría a decenas de niños pidiéndome dinero? ¿Le sirve de algo que le diga que nunca doy dinero a los niños, que prefiero colaborar con un proyecto que con una persona? ¿Me sirve a mí? Mejor no explicar nada y seguir haciendo fotos. Porque no disimulemos: esta vida es cruel, esta tierra es cruel y este viaje es cruel porque dentro de unos días yo estaré calentito en mi cama y este niño durmiendo en el suelo como siempre ha dormido.
Ni siquiera estas palabras sirven de algo: en la estación de autobuses un hombre al que le faltan una pierna y un pie y con muñones en los dedos me pide limosna. En un acto de generosidad extrema le doy un birr -6 céntimos de euro- y el hombre se retira mientras mi conciencia se dirige hacia el infierno. Dos jóvenes sentados a la sombra de un autobús me han observado. Uno le da un codazo al otro y este se levanta con agilidad y se dirige a mí cojeando repentinamente con la mano extendida hacia mí. Le miro con firmeza y le rechazo con la mirada. Si he de pudrirme en el infierno, no estaré solo.
El turista tú me pides-yo te doy lo tiene más fácil: cosechará un montón de sonrisas y volverá a casa con una coartada para su viaje. Habrá educado en la mendicidad y reforzado un modelo de dependencia y, por tanto, una nueva forma de colonialismo. Pero él ni imagina ni verá las consecuencias de sus actos y sus amigos elogiarán sus fotos con las sonrisas desinteresadas de los niños. Podría haber dado su donativo a un proyecto social o a una escuela, pero eso hubiera sido menos vistoso. ¿Quieres una camiseta, un bolígrafo, un balón de fútbol? Pues aquí lo tienes y ahora no te vayas, posa para esta foto.
En Lalibela, el deporte nacional de los jóvenes es la búsqueda de un sponsor: un extranjero que pague sus estudios o les pague sencillamente. Toda ceremonia del café que se precie acabará con una petición de sponsor. Habtemu ha acaparado la conversación con su buen nivel de inglés y se nota que tiene experiencia en este tema. Casualidad o no, todos los estudiantes de Lalibela con los que he hablado hacen el examen nacional este año y todos necesitan el dinero a partir de ese momento. El Hello Money de los niños se ha transformado en el Hello do you want to be my sponsor de los adolescentes. Misgam es más tímido y se mantiene en segundo plano. Él es el que me ha invitado y me ha prevenido sobre algún intento de timo que se cernía sobre mí en forma de una invitación a una exhibición de gimnasia en el Circus de Lalibela. Pero en el cuartucho en el que vive como guardián de la casa de Habtemu no había ni sitio para tomar café. Misgam no tiene más recursos que los que recibe como porteador en la estación de autobuses y es el único estudiante que me ha reconocido que no podrá continuar sus estudios. Su correo es el único que pienso responder.
El turismo es un arma de destrucción masiva que convierte la hospitalidad en un acto ingenuo. Una tierra no tocada por el turismo es un lugar cuya capacidad de acogida y encuentro será inexorablemente prostituida en cuanto un puñado de turistas ponga su mirada en ella. Al heroico acto del descubrimiento le sigue la barbarie de la conquista. El turismo no produce un encuentro de culturas: en una ecuación muy sencilla, la cultura más poderosa subyuga a la más débil. Comienza la fiesta del Meskal en Lalibela y los turistas nos encontramos en el centro del círculo disparando a los sacerdotes y diáconos que se encuentran en él. Les disparamos con nuestras cámaras, nos damos codazos para hacernos con un lugar favorable, increpamos al afortunado fotógrafo que acapara el mejor sitio mientras los lugareños contemplan o se imaginan el circo desde fuera. Por fin se impone la razón y los turistas somos desalojados a una segunda línea del círculo. Todos, menos un selecto grupo que permanece a los pies del obispo. En el siglo XXI, la razón no es ni mucho menos pura: es sencillamente económica.
El turismo es una bomba de fragmentación que deja sus esquirlas por todas partes. Y también somos nosotros, los turistas, los que encontramos esos restos bajo nuestros pies y empezamos a desconfiar de todo y de todos y acabamos pensando que el encuentro desinteresado con el otro no es posible.
¿Turismo masivo? En la mayoría de las iglesias estoy solo, en cada hotel somos apenas una decena de turistas. Pero en la actitud de una parte significativa de la gente detecto que bajo mi piel blanca no se encuentra un amasijo de carne, sangre y huesos, sino un puñado de billetes que buscan su destino. Siento que debo salir de esta ruta. Seguir los caminos marcados por el turismo también supone destruir algo de mí.
Dios de la lluvia
6 Octubre 2009
El autobús local de Mohoni a Alamata recorre un paisaje saheliano al que desde hace semanas le falta la lluvia. Sentado al lado del conductor, contemplo la pista de tierra seca que se desvanece bajo el vehículo a cámara lenta. Durante las tres horas de camino en las que recorremos menos de cien kilómetros, las mujeres no dejan de cantar, de ulular y de dar palmas, invocando la lluvia de la que depende la cosecha y sus animales y, con ellos, la vida y la muerte. Uno de los viajeros me pide que ponga música en mi móvil y comprendo que todo lo que llevo encima, casi todo lo que hago y casi todo lo que espero, es superficial. Me niego a hacerlo. En estas canciones en lengua extraña hay un hilo que conecta este autobús polvoriento con una escena repetida a lo largo de los siglos. Y siento que sus palabras están hechas de lluvia, una lluvia soñada en la voz de estas mujeres con el rostro curtido como la tierra.
Piedras vivas
5 Octubre 2009
Una mujer llorando en el suelo ante una imagen cubierta por una cortina. Los mantos que cubren de blanco la madrugada. El incienso que impregna el aire del templo, el frío y los libros escritos en una lengua muerta en la que se depositan las esperanzas y el sufrimiento de tanta gente.
Las piedras de las iglesias de Lalibela respiran a través de los rezos que se escuchan al finalizar la noche y llegar la mañana. Los fieles besan las paredes, acarician su tierra, abrazan el suelo. Si la fe puede llegar hasta Dios, en la oscuridad de Lalibela se puede escuchar su aliento.
Más tarde, las iglesias quedarán deshabitadas. Y un puñado de extranjeros deambulará entre sus muros, testigos de un tiempo que sigue vivo pero es inalcanzable para ellos. La única actitud posible ante lo sagrado es la postración. Pero el hombre occidental se yergue sobre sus semejantes, apunta y dispara.
Las buenas intenciones
26 Septiembre 2009
En la pastelería de Maichew en la que estoy tomando un té cuelgan dos marcos colgados simétricamente de la pared más ancha del local. El primero es un hermoso espejo, mientras que el segundo es el hermano lisiado del primero: le falta el cristal y el lado inferior del marco, pero sigue allí colgado, rodeado por un cable de luces de colores, como testigo de las buenas intenciones de su dueño. Etiopía está llena de sillas desgastadas, grifos inservibles, mesas que cojean, edificios que nunca se acabaron y hoteles que iban a ser mucho mejores de lo que nunca fueron. En las praderas de África habita un rebaño interminable de buenas intenciones que nunca tuvieron una segunda oportunidad.
La vida que me gusta vivir
25 Septiembre 2009
Tumbado sobre unas mochilas en la parte trasera de un todoterreno, contemplo mis pantalones sucios y las botas manchadas de barro. Después de tres noches guareciéndome del frío en una tienda de campaña y cuatro días soñando con una ducha, agarro la cámara mientras la carretera se desliza rugosamente como una película gastada. Una certeza se asoma entre mis dientes: esta es la vida que me gusta vivir. Y mañana, Dios dirá.
El triunfo del progreso
24 Septiembre 2009
A las afueras de Gondar, los restos de la carrocería de un tractor John Deere me saludan desde la cuneta como si fueran una señal olvidada, su forma perfectamente integrada en la maleza. La modernidad ha aportado muchas novedades pero no ha podido cambiar el color de este continente, que ya no sólo es el de la tierra de sus caminos, sino también el de la herrumbre de sus vehículos. El color del óxido es también el color de África.